Princesa de la noche.

el

Noche de estrellas pálidas, remolinos de hojas y columpios chirriantes en el parque. Botas de tacón y vestido de lentejuelas que cubría el cuerpo de quién lloraba. Pelo enredado y maquillaje empapado. Me acerco, sutilmente, hacia el silencio más sonoro que nunca llegue a sentir. Me siento y la miro, me mira y se aleja. Lágrimas. Sonrío por fuera y me destroza por dentro. Desenredo el pelo. Palabras suaves en un intento de romper el hielo; frío, más bien, helado. Me mira, miedo en sus ojos y amor en los míos. Desconocido aquello que amo, en un instante, en un suspiro. Y sonríe llorando, mano con mano. No se que pasa, no se quién es. Consuelo para ambos, personas vacías, me recargan las estrellas de aquella noche y me río. Me río de la vida, del destino que nos hizo coincidir. Y se ríe, por verme reír, por sentirse de nuevo aquella princesa de tacones y vestidos. Un abrazo con más significado que todas aquellas lágrimas, un beso con poder como para acallar el ruido del silencio. Y sin más nos despedimos, sin adiós, sin palabras. Me despierto en mi cama y pienso en mi princesa. Princesa sin nombre. Tan  solo quien me hizo ver lo bueno del día a día, tan solo quien me devolvió a la vida.

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